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domingo, 24 de mayo de 2009

COMO UNA BLANCA AZUCENA

Hoy he estado recordando algunas cosas que ya tenía en lo más profundo de uno de los cajones más bajos del mueble archivador que es la memoria. Es la primera comunión, ese hecho trascendental que te cambia la vida para conectarte directamente con la divinidad y acercarte a las puertas del cielo.
Como ya estamos plenamente en las fechas comunioneras, hoy le ha tocado el turno a varios niñ@s de mi calle. Yo estaba tranquilo en casa y sus familiares tirando tracas para festejar tan magno acontecimiento. Salgo a la calle y veo los portales decorados con alfombras de flores. Y de repente me he puesto a recordar.
Lo primero en lo que he pensado ha sido en que tras la comunión, al curso siguiente, dejé de estudiar religión y me apunté a ética. Al principio sólo éramos cuatro o cinco los que cursábamos aquella asignatura de ateos, pero conforme avanzábamos los cursos cada vez más compañer@s se adscribían a ética. En el instituto ya era brutal, los que cursaban religión era una minoría, que incluso cabían en el despacho del profesor de religión, un párroco bastante campechano, por cierto.
No tenía una razón muy potente para hacer la comunión, quizás fuera por la inercia del resto de compañer@s de clase, quizás por los regalos. No sabría decirlo con exactitud. Creo que el resto de niñ@s que hicimos juntos la catequesis y tomamos la comunión el mismo día no acabábamos de saber qué significaba realmente aceptar aquel sacramento. Una prueba la encontré el mismo día de la comunión, cada uno relataba de que iba disfrazado: los había de marinero, de almirante, y yo, que llevaba un traje "para poder aprovecharlo para otra celebración", iba de príncipe, lo dije porque se lo oí a una tía del pueblo.
Pero lo que más recuerdo de aquel día es a un amigo de mi padre que constantemente me decía que me portara bien porque "aquel era mi día". Yo pensaba que si era mi día, que me dejara tranquilo, que me dejara hacer lo que me diera la gana, porque en definitiva sólo estaba jugando.
Aquel fue un día extraño. Y no porque fuera el mayor de todos los niñ@s, ya que tomé la comunión un año más tarde ya que como mi hermana y yo nos llevamos algo más de un año y en mi casa dos fiestas, dos banquetes, dos años consecutivos era un lujo asiático que no nos podíamos permitirnos ni en sueños. Más bien fue extraño porque con ocho años me dí cuenta de que todo era un artificio grandísimo, que me llevó a pensar que hay cosas innecesarias pero que creemos que son importantes.
Dos hechos atestiguan esta opinión que ya formé aquel día. Durante la sesión de fotos me cabreé y la cancelé de motu propio ya que no me dejaban moverme y el sol me molestaba sobremanera en los ojos. Se recuerda este hecho ya que fue la primera vez que sacaba un genio que en privado tiene bastante fama. El segundo hecho es que después del banquete algun@s niñ@s fuimos a unos recreativos cercanos a jugar unas partiditas. La frase que más repetí fue: "toma hijo de..."
En la actualidad creo que l@s niñ@s han cambiado más bien poco y que, a pesar de internet, la televisión y la picardía que se les presupone, siguen haciendo la comunión seguidos por dos preceptos básicos: la inercia de seguir a las amistades y por los regalos. Esta es una fiesta que organizan los familiares y que imponen a l@s niñ@s como protagonistas, involuntari@s y obligad@s. Los embuten en trajes blancos como azucenas y los exhiben entre risotadas y sonrisas henchidas de orgullo que ocultan la realidad de un niño que al cabo de unas semanas olvida todo lo que la catequesis le ha enseñado. ¿La obligada confesión? La mía fue sosa y ligera como un producto adelgazante. Y menos mal que no me obligaban a ir a misa como si hacían en otras iglesias con amigos míos.
Como muestra un botón, la comunión fue el último sacramento que recibí, la confirmación ni de coña y el matrimonio civil. Eric Guillem no será bautizado, eso lo tengo claro, si quiere abrazar algún credo que lo decida de mayor. Espero que mis familiares respeten mi voluntad de separarme de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana y que mi entierro sea civil, sin santos ni oraciones. Que piensen en cuando estaba vivo, a ser posible bien. Aunque espero que para ese día aún falten muchos muchos años, sesenta o setenta como mínimo, a poder ser.

 
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